Últimamente he estado pensando mucho en el ejercicio de la política.
No es la primera vez, de hecho estudié para hacer eso con argumentos, para decir qué debería hacerse, para predecir golpes de estado; para defender la democracia.
Durante la etapa del pregrado leí atentamente los pensadores clásicos y los más modernos, los postmodernos y los rebeldes, los columnistas; asumí posturas, participé en protestas, me comprometí , y decliné.
Después llegó la etapa laboral y mientras trabajaba como investigadora de alguna universidad pensaba con la arrogancia que da la academia y las instituciones. Me indigné, hice preguntas adecuadas -pero estúpidas por evidentes-, planteé soluciones, me equivoque mezquinamente mientras me justificaba en el método cientifico.
Hoy, pienso, la pienso, me pienso y lo único que encuentro es que existe una diferencia radical entre lo que se dice en el papel y lo que se hace en la práctica. El escenario de lo político está plagado de egos efervescentes y efimeros que se tranzan en indomables peleas por el poder. ¿Pero el poder para qué? ¿Para ayudar a otros que lo necesitan? ¿Para construir democracia? No. Sólo para tener el poder en sí mismo, por sí mismo.
Y reconozco que mientras estaba en el proceso de de-formación universitaria creía con ciega convicción que las cosas podrían cambiar, que yo y mis compañeras/os llegaríamos con aires de renovación, dando puntapíes a los procesos jurídicos atrasados, a las prácticas clientelares.
Tristemente eso que parecía una muestra de rebeldía académica o al menos una expectativa razonable, se ha convertido en un motivo de angustía y desilusión. Porque piense usted en la desilusión de tener que pregonar la democracia todos los días mientras cada una de las cosas que hace se funden en las prácticas de siempre, en esas politicamente incorrectas que nunca se reconocen en público. Imagínese que quisiera hacer algo diferente pero no puede porque siempre se encuentra con un pozo sin fondo en el cual las iniciativas no tienen mucho asidero.
No obstante, tenga cuidado porque si usted no llena ese lugar con regularidad y eficiencia, esa sería una clara muestra de su incompetencia y estaría en peligro de perder su empleo.
Y así.
No es la primera vez, de hecho estudié para hacer eso con argumentos, para decir qué debería hacerse, para predecir golpes de estado; para defender la democracia.
Durante la etapa del pregrado leí atentamente los pensadores clásicos y los más modernos, los postmodernos y los rebeldes, los columnistas; asumí posturas, participé en protestas, me comprometí , y decliné.
Después llegó la etapa laboral y mientras trabajaba como investigadora de alguna universidad pensaba con la arrogancia que da la academia y las instituciones. Me indigné, hice preguntas adecuadas -pero estúpidas por evidentes-, planteé soluciones, me equivoque mezquinamente mientras me justificaba en el método cientifico.
Hoy, pienso, la pienso, me pienso y lo único que encuentro es que existe una diferencia radical entre lo que se dice en el papel y lo que se hace en la práctica. El escenario de lo político está plagado de egos efervescentes y efimeros que se tranzan en indomables peleas por el poder. ¿Pero el poder para qué? ¿Para ayudar a otros que lo necesitan? ¿Para construir democracia? No. Sólo para tener el poder en sí mismo, por sí mismo.
Y reconozco que mientras estaba en el proceso de de-formación universitaria creía con ciega convicción que las cosas podrían cambiar, que yo y mis compañeras/os llegaríamos con aires de renovación, dando puntapíes a los procesos jurídicos atrasados, a las prácticas clientelares.
Tristemente eso que parecía una muestra de rebeldía académica o al menos una expectativa razonable, se ha convertido en un motivo de angustía y desilusión. Porque piense usted en la desilusión de tener que pregonar la democracia todos los días mientras cada una de las cosas que hace se funden en las prácticas de siempre, en esas politicamente incorrectas que nunca se reconocen en público. Imagínese que quisiera hacer algo diferente pero no puede porque siempre se encuentra con un pozo sin fondo en el cual las iniciativas no tienen mucho asidero.
No obstante, tenga cuidado porque si usted no llena ese lugar con regularidad y eficiencia, esa sería una clara muestra de su incompetencia y estaría en peligro de perder su empleo.
Y así.
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