Me han
enseñado siempre a callar, a contener, a no excederme, a ser discreta.
He pasado mi vida en una terrible lucha entre la contención que espero de mí y
las señales de mi cuerpo que se ahoga.
No comas,
no bebas, no grites, no difieras. Sigue las órdenes, se puntual, cree en Dios.
Pero mi estómago
suena por un hambre inexistente, mi copa parece vacía, mi impaciencia
aumenta.
Me
convierto en un ser rígido e inanimado.
Y mis
expectativas me desbordan.

No hay comentarios:
Publicar un comentario